viernes, 22 de mayo de 2015

¿Eres exigente o buena gente?

Un paciente acude al hospital para conocer los resultados de unos análisis y recibe del médico un diagnóstico desfavorable; para recuperarse -le advierte el médico- debe seguir rigurosamente un tratamiento, controlar su alimentación y cambiar sus hábitos de vida. El paciente, contrariado por el diagnóstico y las servidumbres de la curación, decide acudir a otro  facultativo, que lo declara perfectamente sano. El paciente, encantado con la confirmación de su buena salud, mantiene sus antiguos hábitos y recomienda tan favorable médico a sus conocidos. Meses después, su enfermedad se agrava y muere.

Este comportamiento suicida, que puede parecer inverosímil, se produce cada día en el sistema educativo. La mayoría de los alumnos y los padres, así como la administración dividen a los profesores en dos tipos: los exigentes y los buenagente. Los exigentes son aquellos con un alto índice de suspensos; los buenagente, aquellos de aprobado cuasi general.
 Bajo esta clasificación subyacen dos (peligrosas) convicciones:
  • El suspenso es un castigo al alumno.
  • El suspenso generalizado es un fracaso del profesor.
Aclaremos la primera. El profesor, al aprobar o suspender a un alumno, ni lo premia ni lo castiga: diagnostica, respecto a lo que objetivamente establece una programación, su grado de adquisición de conocimientos y competencias. En efecto, si el profesor suspende a un alumno que ha adquirido esos conocimientos, está abusando de su poder y prevaricando. Abuso y prevaricación que también se producen si el profesor aprueba a un alumno que no ha adquirido esos conocimientos. Un suspenso justificado no sólo no es un “castigo” (como no lo es un diagnóstico médico desfavorable, pero pertinente), sino que constituye una alerta: el proceso de aprendizaje no va bien. De hecho, aprobar a un alumno que no ha aprendido es tan irresponsable y venal como declarar sano a un paciente gravemente enfermo: puede que lo consuele; pero lo condena irremediablemente. Si hay un “castigo” irreparable es ese.

Analicemos la segunda. Sólo es posible determinar en quién recae la responsabilidad de unos malos resultados académicos verificando si los diferentes actores implicados han cumplido con sus obligaciones. Si el profesor ha cumplido rigurosamente con las suyas, hay que buscar la responsabilidad en los alumnos, las familias o el propio sistema de enseñanza. Un profesor puede, por supuesto, ser un mal profesional; pero adjudicarle por defecto la responsabilidad de los malos resultados de sus alumnos es como responsabilizar a un médico de que sus pacientes no sigan los tratamientos que ha prescrito, de que las familias rechacen un necesario trasplante o de que la mala organización y los escasos medios del hospital condenen a los enfermos.

Entonces, ¿por qué  se acusa sistemáticamente al profesor? Porque es la “solución” más sencilla. 

El profesor sabe que ni el alumno ni la familia ni la administración cuestionarán una evaluación favorable (responda o no a la realidad). Sabe también que, aprobando, su profesionalidad nunca será puesta en duda ni recibirá jamás presiones. Al contrario: se librará de la presunción de culpabilidad (“el profesor es culpable de los suspensos de sus alumnos, aunque se demuestre lo contrario”) y abandonará el incómodo estatuto del profesor “exigente” para ingresar en la agradecida categoría de los profesores buenagente. Todos ganan. Todos ganan… hasta que la realidad, como la enfermedad, da la cara. No duden de que, entonces, exalumnos, familias y políticos harán responsables de su filantropía homicida -y, por una vez, con parte de razón- a los profesores que claudicaron.

¿Exigente o buena gente? He aquí la eleccción...

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